Nunca he ido tras un animal con un arma de fuego, pero me siento cazador cuando empuño mi arma de 8´8 pies linea #4, a orillas de un particular río de escaso caudal que me tiene hechizado.
En él me fundo con la tranquilidad que lo invade y paseando por su rivera veo como año tras año sufre un temprano estiaje que obliga al depredador que llevo en lo más hondo de mi ser a despertar con los sentidos afinados a su máxima expresión.
Aunque su caudal disminuye drásticamente, son grandes los tesoros que esconde, y la dificultad de hacerse con ellos, es la pequeña gota de veneno que contamina toda mi sangre, llevándome a ignorar aguas más fértiles de vida en las que la recompensa no requieren tanto esfuerzo. Es en estas aguas donde me siento cazador...
peligro ante el depredador, si no fuera así, de poco serviría llegar a ver a la pintona.
La vida de la presa pende de las manos del cazador que durante un instante la observa silenciosamente, y por la mente de éste ronda un pensamiento; "ya me has dado más de lo que esperaba de ti", y con un gesto de gratitud la despide mientras ésta vuelve a su elemento.
Poco más abajo en una pequeña cavidad que se forma en una pared natural, un pariente cercano de nuestras amigas marrones se alimenta confiadamente en la penumbra que va invadiendo el río tras la caída del sol.
El cazador se acerca, calcula la distancia que le separa de su presa y le presenta un tricoptero en pelo de ciervo. Éste lo toma y la clavada es instantánea, el tiempo se para, y una silueta plateada salta fuera del agua explosivamente en repetidas ocasiones, rabioso por haber sucumbido al engaño... una instantánea es más que suficiente para saciar el ego del cazador.... Soy pescador...Soy cazador...